jueves, 18 de noviembre de 2010

Prólogo II - Camille -



París y una vida sin sobresaltos. Una paradoja sempiterna, dulce e irremediable. Jamás una lágrima tocó mis ojos, un disgusto empañó el día. He sabido de la dignidad de aceptar un destino, miles de destinos, en pos de una eternidad sin sobresaltos.
Mi gran casona, un marido, algunos amigos, varios criados, ningún descendiente, buenos vestidos y un cabello reflejo del sol han sido algunas de las recompensas del tiempo; sé que no podría hablar de sacrificios, pues no he sentido nada de ello, pero al menos hasta ayer podía hablar de justicia una justicia divina que prevalecía refulgente en mis pensamientos y en mis actos, en mi manera de observar mas no ser demasiado partícipe de la realidad.

Hoy me he levantado temprano, desayunado sola en el hermoso balcón, esperado a Lucien en vano y encomendado las compras. He salido de turquesa a encargar algunos sombreros y llegado a unos grandes enrejados negros a ver morir una ilusión.

De mis pocos amigos es ella la que posee la fuerza de la vida, la que sabe luchar en contra del tiempo y las razones, la que se impone férrea ante lo inevitable; sin embargo hoy es una más, dejándose arrastrar con los dientes apretados y el corazón durmiendo. Hablamos muchas veces de su inaceptable destino con más resignación que esperanza y creí vislumbrar que una parte de su ser agonizaba. Quise llorar su suerte, su sufrimiento, pero no pude, hay cosas que mi silencio no admite. Traté de convencerla, pero fue en vano. Una despedida es una despedida, no una promesa de un mañana mejor.

Lista para salir está, y adivino en sus ojos un padecimiento injusto, la vida no debería ser esto para todos… trato de darle fuerzas, le sonrío y un abrazo sella el pacto.

- Será lo que deba ser, querida, ya verás que pronto te encontrarás animada. -Me besa en la frente - espero noticias tuyas, la distancia no es una excusa.

Cuando está subiendo a su carruaje levanto mi mano de guantes blancos y sonrío para ella, el carruaje se ha ido y yo sigo despidiendo al viento.

Debo regresar, contestar algunas notas, examinar la comida y el aseo, elegir música para la cena y leer algunos periódicos; no obstante, al llegar, pido a Marie que me prepare un baño, presa de un desgano inmenso. Comprendo hoy que la justicia no es tan íntegra como yo juraba, y que algunos acontecimientos, aún sin muertos en ataúdes sombríos, merecen un luto que guardar.


1 Cuchicheos:

Marcos Callau dijo...

Paeris sombrío el que se describe aquí, cuando nos falta la luz. Una despedida muy amarga. Estupendo texto.

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